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Labor de surcos paralelos que se hace con el arado

Primer surco que se abre en la tierra cuando se empieza a arar.

 

La danza de las almas

 

Había pasado mucho tiempo desde que el alma de Faustino se había separado de su cuerpo; seis, siete años quizás... lo había olvidado.

En su noctámbulo periplo solían invadirla reminiscencias de otras épocas: el cierre de la fábrica, la angustia, la locura... Entonces se sacudía el espanto y se ponía a volar detrás de algunos pájaros. Porque si había algo que realmente amaba el alma de Faustino era la libertad.

Cuando asfixiada logró fugarse de la cáscara de carne y esqueleto, vagó por infinidad de recónditos agujeros de una ciudad violenta, hermética, repleta de entes que no la percibían. Sentía una infinita soledad.

En busca de una solución para su amargura, pensó en acudir a La Justicia. Recorrió los tribunales de todo el país; hasta se atrevió a irrumpir en una reunión de la Suprema Corte... mas fue inútil. Las escasísimas almas que encontró entre esos hombres, estaban absolutamente adormecidas. Y ella, dada su situación irregular, no se atrevía a pedir ayuda en La Justicia de las Almas Celestiales.

En muchas ocasiones desesperó; vaciló en regresar al cuerpo de Faustino y habitarlo hasta que llegase la verdadera muerte de la carne, pero sintió miedo. Sintió ese mismo miedo de los últimos tiempos junto a él. Cuando no se atrevió a enfrentar  los reclamos de su familia, de sus obreros... y las presiones de la sociedad. Cuando, poco a poco, se fue convirtiendo en la carroña de la mediocridad, de la frustración, de la impotencia... Cuando, escudándose detrás de sus flaquezas prefirió hacerse humo, desaparecer, borrarse.

Pero quien se borró en tal caso fue el cuerpo de Faustino... El cuerpo de Faustino fue quien enredado en la necesidad de aquella gente que se lo imploraba, no se involucró; él... fue quien eligió abandonarlo todo y convertirse en lo que era: un mendigo.

De todos modos, esa mañana ya no resistía los remordimientos; estaba decidida: debía volver al puente. Su sitio estaba allí, al lado de Faustino. Antes de partir, se recostó un instante sobre el coqueto césped de la Plaza de Mayo. El contacto con la tierra la armonizaba.

            Fue entonces, cuando comenzó a sentir un débil cosquilleo; como una vaporosa melodía que se iba apoderando de su éxtasis. Se acercaba mansamente pero resuelta, con coraje.

            Apenas tuvo tiempo de reaccionar, que ya estaba trenzada entre las banderas y el vaivén del compás de los tambores...

            Danzó, soñó, se emocionó y palpitó como nunca lo había hecho en toda su vida. Si hasta se enamoró... Sí. El alma de Faustino encontró entre esas tantas otras, un alma azul, profundidad de una mujer de la que poco sabe. Le sobra con su certeza de amarla locamente  y de que nunca la abandonará.

 De piquete en piquete transitan bailoteando, junto a miles de almas valerosas, lágrimas benditas y ardientes cauchos encendidos. Ah, azul también lo ama. Un día lo susurró en su oído al igual que su verdadero nombre: Teresa Rodríguez.

              Marta Susana Pizzo              

 

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