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Labor de surcos paralelos que se hace con el arado

Primer surco que se abre en la tierra cuando se empieza a arar.

 

El Conejillo



   Cuando Julián Celman le contaba a alguien de que vivía y que hacía en sus ratos libres pensaban que se trataba de un charlatán, un embustero o algo por el estilo; y no es para menos, de lunes a viernes se dedicaba de lleno a la venta de telefonía celular y los domingos iba a la cancha de Boca Juniors a vender gaseosas. Eso no tiene nada de extraordinario si no fuera porque los sábados por la tarde y los domingos libres se dedicaba a disfrutar de la literatura y de las charlas con sus amigos sobre temas tan variados como la filosofía, la metafísica, la literatura y otros temas de conversación poco comunes para una gran mayoría de la población. Es por como utilizaba su tiempo libre que la gente no le creía, no cabía en su comprensión que una persona con los estudios mínimos y que iba todos los domingos a vender gaseosas a una cancha de fútbol fuera tan erudita y hablara de temas tan trascendentes aunque más no sea entre sus amistades.    Aunque a decir verdad no todas las charlas quedaron encerradas entre cuatro paredes, un par de amigos, cervezas y un grabador; un muy buen amigo de Julián incluyó sus conversaciones sobre el aislamiento del hombre en su ensayo Problemas de la vida moderna, ensayo no muy brillante y de poca tirada pero que fue motivo de grandes alegrías en el grupo.
   Julián disfrutaba su trabajo, el contacto con la gente. Le gustaba entablar conversaciones, salir airoso de situaciones engorrosas, el compañerismo, el dinero y sentirse en cierta manera libre, porque no tenía quien le mandara directamente cuando estaba vendiendo en la calle. Le molestaba tener que parar a la gente en la calle y hablarle rápido y decirle algo que captara su atención de inmediato para que lo escucharan, él decía que si las personas vinieran a él y lo escucharan atentamente le vendería el teléfono a cualquiera; pero no era tan sencillo, debía apurarse para que los posibles clientes no pierdan el entusiasmo, ese impulso qué él creó y que le haría firmar el contrato de venta. Señor acérquese y escuche esta promoción especial... Es sólo por hoy... Hola linda, ¿me escucharías un minuto, por favor?... Señora llévese uno para su hija, así sabe donde se encuentra...
   A su otro trabajo en la cancha lo amaba tanto o más que a éste otro, porque acá se sentía más libre, podía ver a su equipo favorito y sentir la vibración de cuarenta mil almas como él viendo ese partido, haciendo de la televisión algo helado. Salvo una vez nunca se encontró en medio de un enfrentamiento entre hinchadas rivales porque sólo estaba en el sector de Boca Juniors, pero un día estalló una verdadera batalla entre dos sectores de la misma hinchada de Boca que se disputaban el liderazgo. Sobre las cabezas de inocentes e instigadores volaban asientos, "para-avalanchas", botellas, luces de bengala y cualquier objeto que podría abrir en la cabeza de alguien un corte considerable. Julián debió salir corriendo, ese fue un día de ventas desastrosas y de radiografías de cráneo en un hospital de la zona. Pero no se da muy seguido que en la misma hinchada se peleen, por lo menos no de esta manera. Gaseosas, gaseosas... ¿Cuantas le doy?...  Permiso... Hola don Atilio, ¿una gaseosa?... Hola oficial, tome una de cortesía... Gaseosas, gaseosas... Goooool...
   Los sábados eran días de reposo, descanso y lectura. Leía tirado en la cama, porque aparte de ser el lugar más cómodo de la casa tenía a su alcance los libros que ordenaba, sin algún criterio en especial, en el armario que se encontraba a un lado de la cama. Había días en que ni siquiera se levantaba exceptuando para ir al baño o para traerse agua y comida de la noche anterior. Él sabía que dormir era su gran debilidad y no hacía nada por cambiarlo, salvo poner el despertador para no dormir todo el día y despertarse a medianoche, como le ha pasado, sin poder disfrutar de su único día libre. Julián odiaba estar un día sin hacer nada, hasta podría decirse que esos momentos de ocio inútil le causaban temor.
   Uno de esos tantos domingos sin fútbol en la "bombonera" estaba en la casa de su cuñado Alfonso, el calor agobiaba, verdaderamente era un calor sofocante de esos en que uno se siente tan pegajoso, sucio e inhumano que le gustaría que el alma se le desprendiera del cuerpo o perder momentáneamente el sentido del tacto. Era una tarde donde la temperatura reinante decretaba la prohibición de la siesta. Para su suerte,   Alfonso (o Fonso como le decían los amigos) tenía una parra en el patio de su casa que menguaba el sol de las tardes y hacía respirable el aire. En esas condiciones no podía faltar entre ellos la conversación. Luego de los habituales saludos y preguntas sobre la familia vino, obligado, el tema del calor. Pero hablaron de algo que a Julián lo dejo pensativo por algún tiempo y de lo que nunca se iba a olvidar, algo que lo llevaría a la tumba.
   -El martes mientras hablaba con Clarita, - decía Alfonso - tuve una ocurrencia bastante extraña.
   -¿Qué? - pregunto Julián mientras llenaba un vaso con cerveza.
   -No te vas a reír, che, que por ponerme a pensar esto no le daba bola a Clarita y me retó.
   -Dale habla, che.
   -Imaginate, por un momento, que somos parte de un gran experimento, que somos cobayos y esta realidad no existe sino sólo para nosotros...
   -Pará no entiendo... - interrumpió Julián.
   -Bueno, estaba tratando de explicarte, escuchame un poco - Julián asintió con una sonrisa -. Suponé que sos parte de un gran experimento donde crearon todo este mundo para vos, donde vos sos el único ser realmente viviente y el resto somos una especie de robots, o humanos clonados pero sin conciencia, como actores que cumplen ordenes, y que un ser superior o igual que vos nos maneja para ver tus reacciones. Este  ser crea noticias, lugares del mundo, ciudades, personas, animales, etc. Pero supongo que no podrá leer tus pensamientos. ¿Qué te parece?.
   -Interesante - Respondió mientras miraba con interés la cara de Alfonso que parecía la de un científico que acababa de exponer su tesis fundamental y salvadora de la humanidad-. Pero no te parece que el tipo tiene una probabilidad de error, y por lo menos si yo soy el espécimen nunca la noté
   -Obviamente lo hará con una computadora, que tal vez genere personas aleatoriamente.
   -Igualmente tiene una posibilidad de error, aunque pequeña, pero posible - dijo Julián mientras bebía de su vaso.
   -¿Qué posibilidad?
   -Fonso, si vos tiras ocho dados a la ves existe la posibilidad de que una vez salgan todos unos ¿o no?.
   -Si es verdad, hay un chance.
   -Te digo que si yo soy el pequeño ratoncillo de laboratorio de ese experimento, le estoy dando bastante trabajo porque para crear la cantidad de gente que veo por día hay que tener mucha imaginación o una maquina muy potente.- Dicho esto ambos rieron a carcajadas y continuaron con la charla y la cerveza, en esa tarde no se habló más del tema por "delirante que era" según palabras de Julián y remataron las horas en temas como el fútbol, la economía, las marcas de cerveza, la catación de vinos, el comunismo, Cacho el colectivero, el cáncer de la mujer de Cacho, y de que tarde que era y que mañana había que madrugar.
   La vida de Julián de las siguientes dos semanas transcurrió en la misma rutinaria normalidad de los últimos cinco años; pero al segundo lunes todo fue diferente, el mundo que conocía se le dió vuelta, las cosas no eran como él creía, todo terminaría.
   Se despertó, como siempre, a las siete de la mañana, desayunó y se vistió. Pero hoy no iría a trabajar, algo le decía que no tenía que ir más, aunque sabía que tenía y quería hacerlo. No entendía porque algo en su mente le decía que no podía ir a trabajar. Luego de una hora de luchar con el mismo salió a la calle. Alrededor de él todo era diferente, sus vecinos no lo saludaban y constantemente tenía deseos contradictorios, como si alguien le estuviera mandando ordenes directamente a su cerebro, las cuales Julián  Celman negaba cumplir. En una esquina sintió deseos de tirarse bajo un ómnibus, pero no quería hacerlo.    Corrió hasta la estación del tren y una vez allí no sabía hacía donde se dirigía. De pronto recordó "Estación Once".
   -Discúlpeme, señor. ¿Dónde debo tomar el tren que me lleve a Once?- Preguntó a un harapiento vendedor de diarios.
   -¿Qué Once? -Preguntó, atónito, a modo de respuesta el diariero.
   En ese instante se oyeron disparos, la policía perseguía a alguien. Julián quería salir de allí, pero algo lo retenía en ese lugar justo entre el fuego del policía y del ladrón. De pronto, increíblemente, salió corriendo y entró a la estación, miró la cartelera y no encontraba la Estación Once. En su lugar había montones de estaciones con nombres desconocidos para él, no podía ser. Decidió volver a su casa aunque no lo deseará del todo, algo en él estaba dividido y no lo entendía.
   Cuando estaba por salir de la estación un hombre le preguntó la hora y Julián, sumido en sus pensamientos, no lo escuchó. Al salir de la estación, un estrepitoso ruido lo hizo girar. El techo había caído tras él, aplastando al hombre que le había hablado. "Parece que hoy, el mundo, me quiere matar", pensó y ese pensamiento le hizo entender todo. Las imágenes daban vueltas alrededor de Julián Celman, recordaba la tórrida tarde con Alfonso, la teoría extraña y comprendió todo. "Yo sé el secreto. Yo soy la falla... soy los ocho dados coincidentes. Ahora entiendo, el colectivo, el tren, los disparos... mi fin.".
   Julián corrió y corrió. "Debo avisarle a Alfonso, nosotros que esperábamos que la falla fuera más evidente... Puf... Puff... pensábamos que los actores aparecerían un día con caras deformes, como un... Puf... error de la maquina creadora. ¡Que idiotas!. Debo decirle a Alfonso, él también corre riesgos... Puff... Pufff... o tal vez...   Puf... tal vez... Puf... no doy más... Puff... tal vez Alfonso sea el que esta siendo estudiado, por eso lo imaginó... Puff... Puff... por eso mi vida gira entorno a él. Debe revelarse... Puf... ya estoy cerca de su casa... Puff... cruzando la calle. ¡Ahí esta! Se va a trabajar...Puff... debo advertirle...Puf... ¿y este colectivo? "
   Alfonso vio como su cuñado era atropellado por el colectivo y corrió a ayudarlo, en esa vana desesperación mezclada de impotencia que nos lleva a intentar, con nuestra presencia, resucitar un definitivo cadáver. Esa desesperación adrenalítica hace que olvidemos cosas como el entorno, por eso Alfonso no vio acercarse a un policía que disparaba a un ladrón, por eso Alfonso, otro actor, no vio su fin. Nadie puede conocer el secreto y vivir para contarlo.

              Alejandro Santa Cruz              

 

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