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El
Arpista Criollo
Arpa vieja de los remiendos claros
insinuación quejosa de la vida:
la mano sarmentosa, abierta, amiga,
sacaba a conversar la melodía.
Zambas gloriosas, puntillosos cuandos,
así de bueno en el cordaje acierta
pesares, bailes y de fiesta en fiesta,
desempeñarse solo si sabía
que en el primer boliche del camino
en copas demoraba el guitarrero.
Vivía en el secreto del cielito,
la chacarera, el grácil escondido,
lagrimeando en los ranchos con vidalas
y el retemblar del suelo en los galpones.
Curtía cicatrices del guerrero,
la atávica quichuista en verdes valles,
la soledad con pampa de infinito
para ser el arpista de parrandas.
Deambuló del Chimborazo al Plata
con cintas blancas y celestes sueños,
dejando al fin en un pañuelo nuevo
su rojo corazón con pena anciana.
Luego embriagó del guaraní sus cuerdas
aliando chamamé con sol de selva,
para imitar al pájaro campana
y ser alma en la noche paraguaya.
Héctor Higinio Picallo
Ramos Mejía, julio de 1995
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