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Bastones
Blancos
Anibal se encontraba en el café acostumbrado de su barrio.
Frente a él un pocillo de café, el cigarrillo distraídamente abandonado en el cenicero despedía sus últimas volutas azuladas.
Miraba sin interés la partida de billar. Su atención estaba concentrada en ese papel blanco depositado sobre la mesa. Lo observaba dubitativo temiendo decidirse a iniciar el ataque, a comenzar a cubrirlo de palabras obedientes a una idea, que no se presentaba.
Sólo le quedaban 24 horas para terminar un cuento y entregarlo a la revista mensual “Voces” para su publicación.
Había comenzado a intentarlo en su casa, pero nada. No se le ocurría nada. No podía apartar la mirada que, obsesivamente dirigida al reloj de pared, veía desplazar sus agujas velozmente. Se iba el día, otro más sin poder evitarlo, ni dejar de sentir esa sensación, ese vacío del tiempo que se le escapaba ya irrecuperable.
La tarde iba cayendo. Las sombras no habían llegado aun, pero él la sentía que rondaban próximo, listas ya para cubrirlo.
Nervioso salió a caminar terminando por recalar en el café. A través de la amplia vidriera veía desfilar gente continuamente. Se esforzaba por adscribir a cada transeúnte un probable episodio vivencial que pudiera concentrarse en una breve narración acorde. Ideas se le cruzaban, pero morían sin fuerzas en la iniciación.
El blanco papel, que resaltaba cada vez más sobre la mesa aunque trataba de desviar su mirada hacia el, parecía observarlo interrogativamente.
Una ligera modorra comenzó a invadirlo. Las desfilantes imágenes exteriores fueron perdiendo lentamente su nitidez.
De pronto divisó una figura de dos ciegos que marchaban torpemente precedidos por sus bastones blancos que, tanteando en el espacio, ayudaban a llevarlos en el rumbo prefijado.
Delgados, barbudos, de aspecto desaliñado. Aníbal no pudo disimular una mueca de disgusto. Nunca le habían caído bien las personas no videntes. No
sabía por qué pero así era. De niño les temió y ahora adulto recelaba de ellos ya que en dos oportunidades había descubierto el engaño de su aparente incapacidad.
Le impresionaban como individuos viscosos, agresivos en potencia, refrenados por su minusvalía. El bastón blanco le parecía, mas que servir de ayuda, como arma de ataque, pronta a descargarse a la menor frustración o actitud considerada dudosa del interlocutor.
El “Informe sobre ciegos” de Sábato había determinado un aumento de su rechazo y servido para comprobar que no era el único que tenía ideas preformadas con respecto a ellos.
No pudo contenerse. Una fuerza interior pareció desplazarlo. Pocos minutos después se vio marchando detrás de ellos, atento a sus desplazamientos, a sus actitudes que le impresionaron falsas desde que los viera.
No recordaba haber visto antes marchar a dos ciegos juntos. Si a alguna pareja, pero no a dos hombres ciegos juntos. Su recelo aumentó.
Un ligero temor lo asaltó pero no desistió.
La noche había caído cubriendo con su manto oscuro las desiertas calles.
Aníbal marchaba sigilosamente detrás manteniendo una distancia protectora, tratando de hacer el menor ruido posible. Sabía que la audición de los ciegos era agudísima. Así fue que dos o tres veces los vio detenerse, en suspenso, como si hubieran escuchado pisadas seguidoras, retomando luego la marcha, aunque los diálogos entablados posteriormente fueron más cortos, más quedos... y la marcha más acelerada.
Algo de sombrío tenía ese desplazamiento nocturno, silencioso, casi furtivo, como de depredadores al acecho.
Por momentos el silencio era cortado por susurros de voces tenues, casi inaudibles que, empujadas por el viento, no le permitían a Aníbal descifrar su significado.
Preocupado notó que tomaban por lugares cada vez más apartados y desiertos. Las casas raleaban. El viento silbaba lúgubremente.
Pensó en suspender esa persecución. Pero una idea había hecho cuerpo en él. Simulaban, no eran ciegos.
En qué se basaba no podía precisarlo, pero estaba casi seguro de ello y quería comprobarlo, aunque al mismo tiempo
le asaltó el temor de verse descubierto y a la reacción que podría desencadenarse.
Imprevistamente se detuvieron en forma brusca, giraron y los ojos (¿o la mirada?) parecieron perforar la oscuridad buscando el intruso.
Luego se separaron. Uno dobló en la esquina. El otro continuó y pocos metros más adelante penetró en una vieja casa, casi en ruinas.
Aníbal titubeó. Le pareció que había ido demasiado lejos. Pero ¿retroceder sin aclarar? En un impulso impensado atravesó la entrada. Avanzó.
Un largo pasillo, oscuro, lóbrego, se extendía.
Bueno, hasta aquí llegué, se dijo.
Pero al girar, queriendo emprender el regreso, notó que una figura obstruía ahora la salida y que pasos lentos, pesados, avanzaban por el pasillo.
La pálida claridad lunar dejó ver fugazmente algo con un brillo acerado que precedía a la sombra que se acercaba lentamente.
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Señor ¿se siente bien? preguntó el mozo preocupado ante este cliente sentado en ena postura extraña, como queriendo detener un golpe inminente.
Aníbal demoró aún unos minutos en volver.
Retomando el lápiz que había caído de su mano, enfrentó ahora sí resueltamente, el blanco papel que había estado esperandolo.
Walter
Osmar Stella
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